LLego la hora de decir adiós al veranito por tierras occidentales, decir adiós para adentrarse en un mundo de locos, en ese mundanal ruido, donde los semáforos brillan en todo su esplendor, donde el caos, la rapidez y la angustia se complementan en una sola. Vuelta a la ciudad, vuelta a su intranqulidad, a su revoloteo.
Pero no, sin antes decir que el verano ha sido, como diría, uno de los mejores. Cada año que pasa vamos creciendo, madurando, cambiando nuestras vidas, siendo otras personas en el mismo cuerpo de siempre. Y es que el río ha sido uno de nuestros destinos, su agua fría como la nieve, sus árboles alrededor, las fiestas inundaron nuestras vidas para quedarse durante tres largos meses, aunque ahora parezcan que han sido cortos. Viajes fugaces a tierras lejanas. Abrazos dados, besos regalados, amistades que se afianzan con el paso del tiempo, amistades que se atan, sabiendo que no podrán separarse.
Al volver aqui el tiempo se volverá a parar justo en el momento en el que lo dejamos, nada habrá pasado por nosotros, porque volver aqui es volver a la niñez, esa tan añorada.
Ahora me despido, nos vemos por calles ovetenses con mojitos en la mano.
:)

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