Ese en el que estas sentada en tu habitación de siempre, con la música de un piano en tus oídos, los recuerdos pasan uno a uno por tu mente como si de frases largas se tratarán. Mi vida es demasiado corta comparado a la que quiero vivir, pero a mis veinte años he visto casi de todo, aunque hoy mismo me iré a la cama con algo nuevo aprendido.
Os aconsejo que recordeis, que el recuerdo es lo que no hace el olvido. El momento en el que ellos estaban a vuestro lado, el momento de las sonrisas regaladas, el momento de los besos dados y ahora anhelados, el momento en el que estas en casa y te olvidas de todo, ese en el que coges dejas la puerta atrás y la tranquilidad se apoderá de ti desde tus pies hasta tu cabeza, pasando por tu espalda dejando un escalofrío a su paso. Y es que este momento es el que más añoro cuando estoy lejos. El estar donde tengo que estar, el ver como nada cambio, observar la sonrisa de la gente al verte, ver como tus primos y la gente que quieres crece sin que apenas te des cuenta de ello. Ley de vida tal vez, pero sentir como uno de los más pequeños se te duerme en los brazos es un sentimiento inexplicable, un niño que le quedan tantas cosas por vivir, una larga vida por delante. Pero tal vez lo mejor de todo es que estaré ahí para verlo crecer, caer, levantarse y sonreir.
Ese momento, justo este momento, este instante donde mi duende-verde vuelve a apoderarse de mi.

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