Si es que a veces la impaciencia no es una de nuestras mejores amigas, cuando las cosas que queremos, las queremos ya, y no hay más remedio que esperar. Y al fin y al cabo, después del tiempo viene la recompensa, las agujetas aún siguen postradas a mi cuerpo, el olor a salitre me inunda y un rojizo en la cara se deja entrever que no ha estado nada mal, estos tres últimos fin de semanas, en los que la presión me inundo por completo, quedándose en mi vida un largo período, han sido muy buenos, ayer estudiando de camino a la playa, las tardes en la piscina donde los nervios se apoderaban de nosotros, las risas, el terraceo en cada ratito libre, los cafes con hielo sin pagar, los segundos arriba, los segundos abajo, esa cenita rica que nos metimos entre pecho y espalda, no sin recordar la sidra que pasaba de un lado al otro de la mesa, el postre de la abuela, y los últimos bailoteos hasta que nos dieron las tantas, la resaca del viernes, el aguantar la teoría, sobretodo el intentar no dormirse, he de reconocer que hemos sido un buen grupo, sin sus más y sus menos por delante.
Pero ahora tres semanas más tarde, vuelvo al mundanal rudio, a la presión por los exámenes venideros y a la vida social, esa que por momentos eche de menos.
Dejo personas atrás que merecen la pena, pero espero volver a coincidir con ellos en alguna otra parte, mientras tanto yo a disfrutar del occidente asturiano tan añorado, y los demás siguiendo con sus vidas.
Ha sido un placer compartir este curso con vosotros, gracias.
Suerte en lo que os planteis y espero veros en alguna playita.